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EL MIEDO



Desde la perspectiva antropológica, encontramos que el miedo ha sido un compañero inseparable del Hombre sobre la Tierra. Fue imprescindible para la conservación de la especie humana. Una criatura muy frágil comparada con otras especies que habitan el mismo planeta. Dos respuestas opuestas, huir o luchar, tienen su correspondencia con dos emociones básicas; el miedo y la ira. Estas respuestas instintivas podrían explicar el estado de parálisis en la sociedad argentina.
Descubrir a qué le tememos, es el primer paso hacia el desmantelamiento del miedo que nos ha invadido. Muchos estudiosos del tema han podido establecer que el miedo del cual se desprenden las otras categorías de miedos, es el miedo a la muerte. Podríamos sintetizar que los temores detectados con mayor frecuencia, son seis: miedo al abandono (soledad), miedo a la pobreza, miedo al ridículo (crítica), miedo al cambio, miedo a la enfermedad, y miedo al amor (miedo al compromiso).

Algunas de estas categorías se hallan en directa correspondencia con ciertos y denominados pecados capitales. El miedo a la pobreza podría estar enlazado, desde el punto de vista espiritual, en ciertos casos, con la avaricia y en otros, con la pereza.
Lo más interesante es que los síntomas suelen mostrar cierta incoherencia en la acción, con la emoción de la cual provienen. Los síntomas del miedo a la pobreza se presentan como un estado de indiferencia aparente, cierta falta de ambición y una clara predisposición a aceptar las contrariedades que se presentan, sin protestar.
Comienza a manifestarse una cierta pereza mental y física. La persona afectada por este estado, tiene falta de iniciativa, poca imaginación, bajo nivel de entusiasmo y dificultad para el autocontrol.
Generalmente, se muestra indecisa, permitiendo que otros decidan en su lugar. La tendencia es hacia un estado dubitativo y a mantenerse al margen en la mayoría de las situaciones. Se trata de individuos que se justifican permanentemente, presentan excusas, tienen un humor burlón y cierta envidia, algo disimulada, por los logros ajenos. Las posibles implicancias de este estado, si persiste en el tiempo, serán el descuido del aspecto personal, la tendencia a gastar más de lo que se gana, la dependencia hacia algun tipo de substancia tóxica y otras. El individuo carece de severidad y autoconciencia. En general, manifiesta una inclinación a ver el lado negativo de toda circunstancia y sus palabras hacen referencia a posibles fracasos. Es probable que conozca bien lo qué es lo que lo conduce al fracaso pero no cambia de actitud ni hace planes concretos. Presenta una clara tendencia a la dilatación de sus proyectos.
En el caso que una persona no pueda corregir el estado de miedo a la pobreza, se irá debilitando su autoconfianza hasta desaparecer totalmente. Es posible que destruya su voluntad y que aparezca debilidad en el carácter e insatisfacciones personales. Es posible que muchas personas aquejadas por esta emoción negativa, se hayan desviado hacia el camino de la avaricia, mostrando una necesidad exagerada de adquirir objetos y en especial, de conservar sus posesiones.
¿Cómo podríamos rescatar a esta sociedad y construir una nueva conciencia? Desarrollar los aspectos intuitivos y creativos, que toda persona dispone a nivel de su hemisferio cerebral derecho, permite ir abandonando la práctica del control de las situaciones externas. Cuando aprendemos a sentir profundamente, dejamos de calcular excesivamente, nos sentimos libres interiormente. Cuando abandonamos el miedo, la vida se vuelve excitante, valiosa. El cultivo diario del coraje de vivir, expulsa la parálisis producida por el miedo.
La conciencia antigua se compone de miedo, avaricia, individualismo, escasez y tendencia al control. La nueva conciencia nos enseña que en este momento es necesaria la cooperación, la armonía, el desapego y la paz.
El pensamiento general, transmitido por distintos medios influye en las creencias de quienes le dan permiso para entrar. El estado de suspenso que se vive en estos momentos, está dirigido a retener la atención del público, a cualquier costo y contribuye a producir tensiones en las historias individuales. En este misterioso juego entre deseo y destino, hace falta la mayor de todas las fuerzas, una fuerza tan inasible como el aire, que no se ve pero se siente, la fuerza del amor.
Hoy más que nunca podríamos aplicar una frase de Epícteto (55-135 A.C.): "Los hombres se perturban no por las cosas que les suceden sino por sus opiniones sobre las cosas que suceden".



Miedo, avaricia y parálisis social
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