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PENAS DE AMOR



En el ámbito de los celos estamos ante una situación altamente agitada, ya que no es solo un tormento que trastorna y arruina nuestra vida, sino que también tiene un efecto propulsor y cognitivo. El triángulo parece ser fundamental para la experiencia amorosa, hasta tal punto que aún en los raros casos donde en realidad este tercer elemento no interviene, inventamos uno a nivel de la fantasía.
Esta necesidad de una tercera persona arraigada en el triángulo edípico que todos hemos experimentado desde nuestro nacimiento.
Con frecuencia este triángulo es recreado calladamente en una relación adúltera. Tales experiencias, que generalmente son relatadas al psicólogo con gran angustia o culpa, no necesitan ser evaluadas moralmente; se pueden interpretar y comprender en términos de la necesidad de revivir la situación edípica.

LA SOMBRA DE UNA TRAICIóN

Los celos sugieren la pérdida del objeto primario, el primer amor de nuestra vida en quien pusimos fe absoluta. En cada lazo emocional queremos desesperadamente recrear esa fe que fue destrozada durante nuestra infancia. A veces estamos tan agobiados por la angustia que nos causa esta necesidad de fe absoluta, que somos impulsados a fantasear sobre ser abandonados por quienes amamos.
Quizás si lográramos enfocarlo bien, nos daríamos cuenta de que íbamos por el camino errado, por que no es así como podemos llegar a ser adultos; más bien debemos encontrar la fortaleza para aceptar y experimentar completamente el abandono más absoluto, en especial por el primer objeto de nuestro amor.
La perdida que tenemos en una relación, de hecho ya ha ocurrido. Cuando uno comprende que ya lo ha perdido todo, entonces empieza a librar la batalla consigo mismo, como traicionado y traidor a la vez. Precisamente porque hemos tenido esa experiencia inicial de ser abandonados, llevamos dentro la posibilidad de convertirnos en adultos.
La experiencia del engaño (que incluye tanto al traidor como al traicionado) significa la angustia de la pérdida.
En el momento de la traición se abre una herida en nuestro punto más vulnerable que es el de un infante totalmente indefenso que no puede sobrevivir en el mundo excepto en los brazos de alguien.
Esta es la realidad primitiva y básica del niño; está enclavada en la psiquis hasta el punto de jamás poder dominarla.
Luego, inevitablemente, este niño indefenso reemerge en cualquier relación donde exista la posibilidad de poner una confianza ilimitada en otra persona.
Solo podemos ser engañados por aquellos en quienes confiamos. Sin embargo, tenemos que crecer. Una persona que no tiene fe y se niega a amar por temor a la traición, ciertamente se eximitá de estos tormentos.
No queremos traicionar ni ser traicionado, porque la traición nos obliga a enfrentar los aspectos menos controlados de nosotros mismos.

DESPUES DE LA RUPTURA

En la relación ya no basamos nuestra vida en nuestro ser individual, en nuestro propios recursos, sino en la presencia continua del otro . Aunque la ruptura pueda llevar a una nueva situación con un nuevo equilibrio, primero se produce la caída.
¿Qué podemos hacer en estos momentos desesperados?. E l término de cada relación amorosa tiene su propia identidad específica, sin puntos de referencia en el mundo exterior.
Ninguna palabra puede tocarnos, ningún cambio de escena consolarnos; la agobiante desesperación nos encierra y excluye la ayuda de los otros. La razón y el apaciguamiento son ineficaces porque estamos abrumados con los recuerdos en otros momentos, ahora perdidos, que nos dieron nuestra identidad.
Aquí nuevamente, se necesita mucho valor. Cada vez sentimos esta pérdida como si fuese la primera. La pérdida y el abandono nos aprisiona en la soledad. Ninguna experiencia es tan trágica, porque no hay recursos externos que puedan ayudarnos.
Nuestro único recurso es abrirnos paso por nuestro aislamiento. El que los momentos felices puedan ser recordados, que la plenitud pueda ser revivida , demuestra que ningún amor jamás fue completamente fútil. Pero sobre todo, por más rencor que sintamos, debemos reconocer que la vieja relación aún esta presente dentro de nosotros, en lo que hizo de nosotros. Ciertamente, su final nos hizo dar cuenta de lo incompletos que somos y nos clavó en nuestra insuficiencia; nos hizo conscientes de la imposibilidad de lograr la plenitud. Pero tuvo la sana violencia de un destete, y por lo tanto, también fue una conquista. Al amor se le debe atribuir el mérito de eso.



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