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razon y  afectos

ENTRE LA RAZÓN Y LOS AFECTOS



La mente puede engañarnos. Y mucho nos engañamos cuando por medio de la razón tratamos de taponar los sentimientos angustiosos. Estoy apesadumbrado por algo que me ha entristecido hondamente, me deprimo, estoy sensibilizado, lloro. Me esfuerzo por huir de esta situación y me digo: "No debo seguir así; no debo entristecerme más. Tengo que ser fuerte; tengo que vencer el dolor". Trato así de mentalizarme y de obedecer las consignas de la mente; busco reemplazar los pensamientos negativos por otros optimistas y positivos. Por momentos hasta creo que el dolor ha terminado y que la razón se ha impuesto a las penurias del corazón, a los sentimientos. Pero a los pocos días, a las semanas, la pena regresa, el pesimismo vuelve a abatirme y la desolación me domina. ¿Debo concluir entonces que mi voluntad ha sido derrotada? Por el momento sí. Y es porque no di tiempo a que los afectos se expresaran y decantaran, porque me apresuré en sofocarlos.

El tema del amor
En un artículo anterior hablé sobre el dolor que deviene de una separación sentimental y prometí retomar el tema; hablemos un poco más sobre el asunto.
Afirmé en ese artículo, como concepto general, que en el rompimiento de una relación amorosa, por más positivo que sea ese rompimiento, genera dolor, y que ese dolor debe ser asumido y aceptado. Pero a veces nuestro pensamiento pretende ganar tiempo y -como si pudiéramos sortear ese dolor, esquivarlo, enterrarlo- nos lanza a una carrera cuya meta es el olvido y la negación. Meta engañosa, que se irá alejando a medida que más cerca creamos estar de ella.
La razón pretende ir más aprisa que los afectos. El pensamiento es rápido, los afectos, una vez asentados en nosotros, necesitan tiempo para ser absorbidos y decantarse hasta aligerarse y perder su pesada carga agobiante. La mente me dice: "olvídalos, deséchalos; no dejes que se asomen y te atormenten". Así no superaremos el dolor. Las cosas no mejorarán porque nos digamos, inocentemente, que "todo está bien".
Cuando un amor se rompe y una relación se deshace, eso que llamamos "penas del corazón" no se diluye así nomás. Sucede que las heridas del alma no cierran de un día para el otro. ¿Cómo hacer para que curen efectivamente?

El proceso de la curación
No hay que permitir que el pensamiento avance más que nuestros afectos, como adelantándose a lo que auténticamente sentimos. Por el contrario, debemos observar y atender nuestras emociones, pues ellas son la evidencia de lo que realmente nos está sucediendo. A veces, por pretender quemar etapas, la mente nos lanza a iniciativas desacertadas. Por ejemplo -y esto es bastante característico- la de pretender ahogar el dolor de la pérdida amorosa con un nuevo y forzado enamoramiento.
Ante una situación de pérdida -y el rompimiento de una relación amorosa lo es- lo natural y espontáneo es que busquemos escapar del dolor, pero si tratamos de apresurarnos no damos tiempo a elaborar las circunstancias que nos llevaron a ese desenlace tan doloroso. Uno de los mecanismos para tapar el dolor es sentirnos autosuficientes; así es como llegamos a creer que poseemos una fuerza y una resistencia formidables y que gracias a ellas no necesitaremos ni del consuelo ni del apoyo de los demás. Y tampoco del amor de nadie. Lo que se genera con ello es una especie de coraza que termina convirtiéndonos en seres indiferentes e insensibles, impermeables a la ternura, al cariño o a la simple amistad. Quien cae en esa exageración evitará toda relación íntima, y su actitud será la del rechazo. En el fondo, lo que teme esa persona es caer en un nuevo fracaso amoroso, y como sigue los dictados apresurados de su razón que le urge abandonar el dolor, termina por tomar el camino que le resulta aparentemente más fácil. Lo saludable sería permitirse escuchar los reclamos de sus afectos; si lo hiciera reconocería que lo que desea verdaderamente es que la vuelvan a amar y hallar una nueva pareja en quien volcar su energía. Reconocer esa necesidad de ser amada y protegida quizá la hagan sentirse débil y sola durante el tiempo en que no concreta una nueva relación, pero será más honesto de su parte y por ende más saludable. Sólo reconociendo nuestros deseos más auténticos y dignamente humanos, es como podemos encontrar la manera leal de satisfacerlos.
Una reacción contraria a la anteriormente descripta es la que a veces deriva en el deseo compulsivo de dar, de atender indiscriminadamente a los otros. Con ello, en su urgencia de escaparle al dolor, esa persona evita prestar oídos a sus propias necesidades y reconocer que las tiene y que debería satisfacerlas. Al entregarse de lleno a los demás, llega a decirse que no necesita nada para sí. No tendrá tiempo casi ni para embellecerse, ni para darse ningún gusto ni para distraerse. Tampoco para pensar en sí misma. Y menos para permitirse enamorarse de una sola y determinada persona. Es bueno y hermoso hacer cosas por los demás, pero muy hermoso es también saber que hay alguien que nos quiere más que a nadie en el mundo y a quien, más que a nadie en el mundo, también nosotros somos capaces de amar.
Porque sucede que esos no son momentos de ocuparse de los demás, sino una excusa de la mente para huir. Sí es el momento de ocuparse más profundamente de uno mismo, y es a nuestras necesidades a las que deberíamos atender con prioridad. Nuestra salud es lo primero, para que después, una vez liberados de la situación dolorosa, podamos entregarnos con verdadero ánimo solidario y no para escaparle a los conflictos.

Un tiempo para llorar
Ante el deseo de vencer urgentemente al dolor, podemos llegar a creer que todo es cuestión de voluntad y decisión. Voluntad para sentirse fuerte, para olvidar, para ser feliz. Decido entonces no depender del amor, no demostrar mis debilidades, no confesar mi soledad, ocupar permanentemente mi tiempo...
La consecuencia es como si lleváramos una doble vida; por un lado los afectos que pugnan por mostrarse, aflorar y desahogarse; por otro lado, la razón que trata de aplastarlos, ignorarlos y avanzar.
Y una última advertencia, que no por reiterada deja de ser valiosa: para curarnos del dolor que una pérdida amorosa nos causa, empecemos por aceptar ese dolor. Dejémoslo aflorar y expresarse; démosle tiempo. Es el tiempo que necesitamos para la cura, y si la mente nos urge, atemperemos sus reclamos. Aguarda, -digámosle- sufro y estoy en soledad; permite que primero me detenga a escuchar los quejidos del corazón, él quiere llorar, y es bueno que lo haga.



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