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¿AMOR O ADICCIÓN?



    -¿Tenés pareja?
    - Sí.
    -¿Sos feliz con ella?
    -No.
    -¿Por qué no la dejás, entonces?
    -No me animo; no puedo.
El diálogo que transcribo no es textual, pero su contenido se asemeja a los que a menudo mantengo con algunos de mis pacientes; porque formar pareja no implica necesariamente vivir enamorado y en armonía. A veces sucede lo contrario, y lo peor es que esa mala relación no puede deshacerse. ¿Por qué? ¿Qué impide a una persona terminar con una relación que la perjudica?
La causa central está en lo que se denomina Relación adictiva, similar -por la dependencia que crea- a la que se puede tener por el cigarrillo, el alcohol o la droga. Con una diferencia: la persona que padece esa relación adictiva no la vive como tal, no tiene conciencia de que se asemeja mucho a una enfermedad. Sufre, pero le cuesta advertir que lo suyo es una adicción, aunque a veces lo sospeche o lo intuya. "Algo no va bien" se dice, sin embargo no logra esclarecer su problema.
Doy algunas pautas que pueden ayudar a quienes soportan este tipo de relación: el adicto de amor es aquel que no ha logrado madurar emocionalmente; se contacta con el otro para satisfacer un vacío afectivo y no para crecer juntos y desarrollarse. Se aferra al otro porque supone que le servirá para terminar con un pasado de frustraciones y deseos insatisfechos.
A la pareja elegida se la ve como una especie de panacea en lugar de alguien con quien mantener una relación recíprocamente amorosa, donde el dar y el recibir están armonizados y equilibrados. El adicto da todo de sí, y hasta parecería amar en exceso; en realidad es miedo a perder esa "tabla de salvación"; se vuelve obsecuente, excesivamente preocupado por satisfacer y agradar, y termina en una lastimosa dependencia.
Una relación de estas características hace que, mientras esa persona da todo de sí, su pareja no entrega nada; mientras aquella se centra en el otro, éste se centra en sí mismo; mientras uno aporta aliento, apoyo moral, dinero, el otro se limita a recibir y pedir; uno tolera conductas improcedentes, el otro no tolera nada. En una palabra: el adictivo se ata a su pareja y depende afectivamente de ella, pero ésta no se ata y hasta está capacitada para romper en cualquier momento.
Pero aunque trato de ser lo más explícita posible a fin de que todos -y no sólo los especialistas- me entiendan, las cosas no son tan sencillas. Los hombres y mujeres que llegan a mi consultorio angustiados por problemas como los descriptos, vienen porque la vida en pareja se les ha vuelto insoportable; esto lo sienten y lo experimentan. Otra cosa es concientizar por qué han caído en una relación así; para eso hay que hurgar en la historia individual de cada uno: su niñez, su vida familiar, su pasado.

Causas familiares
La familia es el ámbito donde se moldea nuestro carácter y se fijan nuestras creencias, hábitos y tendencias; el rol que desempeñemos en ella lo transferiremos después a toda nuestra vida de relación. El caldo propicio que nos empuja compulsivamente a fijar relaciones adictivas es una familia disfuncional. Tu familia te desvalorizó, tus padres te sobreprotegieron, tus hermanos trataron de humillarte; no te escuchaban cuando deseabas desahogarte, te tapaban la boca cuando necesitabas decir. Quizás no fue tan así, pero así lo viviste, y nadie, durante la niñez y la adolescencia, te ayudó para que pudieras discriminar.
Muy distinta será en cambio tu capacidad de elección si creciste en el seno de una familia donde te enseñaron a valorarte, te infundieron confianza y no te criticaron en todo lo que hacías o proyectabas.

La sociedad
La sociedad tiene también su alta cuota de responsabilidad: ella nos induce a seguir un único camino, el de poseer; cuanto más tenga más feliz seré. Buscamos fuera de nuestro ser el rayo de luz que debería iluminarnos desde nuestro interior; la afirmación de nuestra personalidad está en el modelo de automóvil que poseamos, en la tarjeta de crédito, en la conquista del millonario seductor, en la ropa interior o en la dieta alimenticia que elijamos. Y esto nos pasa a todos, pues no es fácil sustraerse de esa demanda pertinaz con que se nos tienta. En estas circunstancias el desarrollo del carácter, la autoestima y la seguridad en uno mismo parecen depender de los objetos y de los demás. En mi fantasía llego a creer que sólo si los poseo, y si ellos me admiten, podré realizarme como un ser humano en plenitud. ¿He de buscar en esas cosas exteriores y en otras personas, fuera de mí mismo, la valorización de mi ser? Conviene hacerse esa pregunta y tratar de contestárnosla con sinceridad; nos puede dar la pauta de nuestras tendencias hacia una relación adictiva.
Todos necesitamos de los demás, pero otra cosa es creer que es el otro quien puede satisfacer todas nuestras necesidades. ¿Es ése tu caso?
Hay más preguntas que conviene formularse y tratar de contestárnoslas:

¿Soy capaz de expresar mis sentimientos sin miedo de que me rechacen por ello? Me anticipo a una respuesta: si en tu familia te vedaron esa libertad, es seguro que aún hoy no te será sencillo expresarla.

¿No tengo control sobre lo que me pasa, no puedo evitarlo? Esto es como creer que invariablemente "la vida es así" y que carecés de voluntad; un sentido de la fatalidad producto del desamparo en que has crecido, de la falta de orden en tu propia familia y seguramente del caos en que vivían.

¿Sufriré si me enamoro? El amor es satisfacción, aunque tu pasado te lo niegue y a pesar de los malos ejemplos de los que pudiste ser testigo. Ese miedo a repetir el sufrimiento de tus mayores es lo que inhibe tu elección, como si estuvieras condenado.

¿Merezco que me amen? Por supuesto que sí aunque no lo creas o te cueste admitirlo, y aunque no seas la única persona que se lo pregunte. En esa inseguridad, justamente, producto de un mal desarrollo, se oculta uno de los mayores impedimentos para encontrar la felicidad. Es la misma duda de muchísima gente que pide ayuda; hermosa gente, aunque acosada por la humillación que sufrieron y por el sentido de inferioridad que se hizo carne en ellas, pero merecedoras de dar y de recibir el más dichoso y duradero amor.



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