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EL MENSAJE DE LOS SÍNTOMAS



Uno de mis pacientes, quien me ha autorizado a contar su caso a condición de mantener su nombre en el anonimato porque no quiere correr el riesgo de ser individualizado, me expresó lo siguiente:
"No me gusta lo que me está sucediendo, no lo puedo aceptar. Resulta que ahora tengo miedo de viajar en colectivo. Nunca me había pasado. Cuando cruzamos un paso a nivel, tiemblo porque pienso que un tren va a aparecer de golpe y nos va a arrollar. A cada rato creo que nos va a chocar otro vehículo, o que se va a romper la dirección, o que van a fallar los frenos. Permanentemente me digo: "Basta ya de pensar en esas idioteces; basta de imaginar pavadas". Me avergŁenzo de mí; soy un cobarde, un neurótico. No... no puedo admitir lo que me ocurre."

En primer lugar aclaro a los lectores -de la misma manera que en su oportunidad lo hice con ese paciente- que su caso es más común de lo que se puede suponer y que son muchas las personas que padecen estos temores o similares. En segundo lugar (y es de lo que vamos a tratar en este artículo) su caso presenta dos facetas: por un lado, el miedo que lo aqueja. Por otro lado, su resistencia a aceptar ese miedo. Es cierto que se atreve a confesarlo, al menos a mí que soy su terapeuta, pero tan cierto como los reproches que se hace.
A todos nos toca pasar por algún hecho doloroso, tan traumático que se nos hace difícil de sobrellevar. Las emociones que este hecho provoca permanecen en nosotros y nos acompañan a veces para toda la vida; con tanta fuerza, que basta con que recordemos lo sucedido para que esos sentimientos resurjan y nos lastimen con el mismo dolor. Lo mismo si pasamos por una nueva experiencia que contenga algún grado de similitud con aquel hecho, o si simplemente la imaginamos.
Piense el lector en alguna experiencia intensa por la que haya pasado, y advierta con cuánta fuerza vuelven las emociones que esa experiencia provocó.
Cuando los hechos y las consecuentes emociones nos causan mucho dolor, tratamos de olvidarlos. Pero olvidar no es lo mismo que hacer desaparecer.
Muchos miedos a los que consideramos absurdos e incomprensibles, tienen su origen en emociones muy fuertes que preferimos no recordar y a las que mantenemos ocultas, pero que siempre encuentran algún resquicio de nuestra mente por donde reaparecer.

Escuchemos nuestra voz interior
Aquellos sentimientos que surgen en nosotros y a pesar nuestro, que de pronto nos embargan sin que sepamos de dónde nos vienen ni por qué; esas emociones que nos dominan sin que las podamos controlar, deprimiéndonos o atemorizándonos, son voces que surgen de nuestro interior y que debemos escuchar. No nos enojemos con ellas ni tratemos de reprimirlas. Son el aviso de que algo anda mal en nosotros; el síntoma que delata nuestro conflicto psicológico.
Porque los síntomas son una puerta de entrada que nos lleva a descubrir cuáles son los problemas que no queremos revivir, cuán grande es el dolor y las heridas que estamos tratando de mantener ocultos, sepultados, y que sólo el auxilio de un profesional idóneo nos ayudaría a resolver. Dejemos aflorar los sentimientos, aceptémoslos; ellos señalan también nuestra debilidad y la imperiosa necesidad de apoyo. No ahoguemos su clamor.
Cuando tenemos hambre, comemos; cuando tenemos sed, bebemos; así satisfacemos nuestro organismo, así nos cuidamos y nos mantenemos sanos y vitales. ¿Pero qué hacemos cuando tenemos deseos de llorar, o cuando un temor nos inmoviliza? ¿Contenemos las lágrimas? ¿Nos golpeamos el pecho condenándonos por nuestra flaqueza?
Dar libre cauce a los sentimientos y emociones, y observarlos con autenticidad, es otra forma de protegernos, de cuidarnos. Aceptándolos, llegaremos a comprendernos.
Y tengamos también en cuenta esta regla de oro: los síntomas manifiestan una cosa, pero esconden otras. En el caso de mi paciente, el temor a un accidente de tránsito estaba vinculado a diversas situaciones de su pubertad y adolescencia; entre otras, a una caída que sufrió en el colegio una de sus maestras y por la que debió ser internada. Mi paciente, por diversos motivos que no vienen al caso considerar aquí, se había sentido responsable de esa caída pese a que no había intervenido para nada en ella. También se asociaban otras circunstancias que aparentemente no tenían vinculación pero que le habían resultado dolorosas y que lo llenaban de miedo; por ejemplo, las violentas reyertas que se suscitaban entre sus padres.
Cuando mi paciente dejó de condenarse por tener ese sentimiento de miedo al viajar en colectivo, y en lugar de rechazar los síntomas los admitió y encaró, pudo hablar, recordar, reflexionar y mejorar.

Ejercitemos la aceptación de nuestros síntomas
Observemos aquellos síntomas que preferiríamos no tener o incluso no toleramos o nos dañan, y reflexionemos sobre ellos, tratando de aceptarlos. Si podemos, anotemos lo que se nos ocurra, como en una especie de diario íntimo. Voy a dar algunos ejemplos de cómo encarar esta ejercitación:

  • Hoy sentí miedo. ¿A qué? ¿En qué momento? ¿Por qué causa? ¿Pude sortearlo o no?
  • Tuve sentimientos hostiles hacia mis amistades. ¿Los sigo teniendo? ¿Estaban justificados? ¿Fue por celos? ¿Por rivalidad? ¿Puedo explicarlos?
  • Me levanté con depresión; lloré. ¿Conozco la razón? ¿De qué me acordaba? ¿Mi vida es tan desdichada como para ponerme así? ¿Considero normal lo que me pasa?
  • A veces pienso que todo me saldrá mal. ¿Me ocurre eso en la realidad o son puras aprehensiones? ¿Consigo sobreponerme y actuar con seguridad y autoestima?
  • Me siento culpable, como si mereciera un castigo. ¿Qué hago o hice de malo? ¿Cuáles son mis modelos éticos? ¿Acaso no me gusto como soy? ¿Por qué?
La intensidad de los síntomas delata la intensidad de los conflictos. Y así como no es razonable exagerar su importancia, negarlos no conduce a nuestro bienestar.











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