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El abuelo Navidad


El Abuelo Navidad no vino empujado por cuatro renos de narices rojas, por lo menos eso fue lo que dijo tan pronto cruzó la puerta:
- "Ese bendito auto, se supone que tiene no sé cuántos caballos de fuerza pero cuando se daña es como si tuviera treinta chivos enfermos."

Pasó directo al baño mostrándonos las manos negras de grasa y cuando salió ya las tenía limpias.
- Ahora sí, dijo sonriente, ¿dónde están mis queridos nietos?

Vi cómo levantaba a mis primos y decía: - a ver, tú eres Mateo, ¿no es cierto? Y tú Silvina, claro, y tú Andrés, ¿no? y tú Alondra, qué niña tan preciosa.

De pronto, se quedó con Alondra levantada, como buscando en el aire una vaca voladora. Fue entonces cuando me miró.
- Ven, me dijo sonriendo, ven a saludar al Abuelo Navidad. Yo corrí y dos brazos enormes me atraparon. Mis demás primos se apelotonaron alrededor preguntando qué les había traído.

- Jo, jo, jo, rió, y se le cayó la barba blanca; quedó convertido otra vez en el abuelo Víctor, pero sólo un segundo porque tan pronto como se volvió a poner la barba, otra vez volvió a ser el Abuelo Navidad y empezó la fiesta:

A mí me tocó una patineta, una camiseta de la selección y una pelota.
Me fui corriendo a poner la camiseta, y cuando regresé me dieron ganas de subir de un salto a la patineta:
ahí empezó mi desgracia porque rodé de espaldas bajo la mesa; para no seguir rodando me cogí del mantel y cuando saqué la cabeza el plato de la ensalada estaba desparramado sobre el vestido nuevo de mi tía Albertina y la mirada de todos estaba deparramada sobre la ensalada de tomates.

Parecía como si nadie lo pudiera creer, pero sí, la ensalada estaba desparramada sobre ese vestido nuevo, de eso no había duda.
Salí corriendo hacia la sala, pero me di cuenta de que Andrés trataba de quitarle a la fuerza su muñeca nueva a Alondra, pero quiero aclarar que yo apunté la pelota a la mano de Andrés, no al jarrón con dibujitos dorados.
Tampoco es cierto que yo le haya sacado la peluca nueva a la tía Josefa, sino que por arrancharle la muñeca, esta salió volando y le pegó en la cabeza a la tía, que en esos momentos tenía un vaso de vino en la mano.
Tampoco tuve nada que ver con la camisa manchada de vino de mi tío Luis, ni con la corbata quemada de mi papá, ni con el ojo morado de la tía Noralma. Qué culpa voy a tener que en se momento mi papá estuviera prendiendo un cigarrillo y se le cayera el fósforo sobre la corbata nueva y que del susto le pegara un cabezazo a la tía Noralma.

- Ahora sé por qué te dicen terremoto, gritó la tía Josefa.
- ¿Terremoto?, gritó la tía Albertina, el huracán Mitch, querida. ¡Pablo Javiiieeerr!, chilló mi mamá.
- Ya, dijo el Abuelo, tranquilos todos, entiendan que fue apenas un accidente y que es Navidad, la fiesta de lo niños.
- De los niños sí, de los monstruos no, dijo la tía Noralma justo antes de pisar mi patineta y rodar bajo la mesa, desde donde jaló el mantel con tanta fuerza que el pavo fue a caer sobre los zapatos nuevos de la abuela Dorotea.

Al otro día mis primos estuvieron de acuerdo en que esa había sido la mejor fiesta de sus vidas, pero nunca les conté, porque no soporto la envidia, lo que me pasó con el Abuelo Navidad.
él simplemente me tomó de la mano y me sacó. Me dijo que se le había olvidado un regalo, que lo acompañara.
- Claro, dije con alivio.

Ya en las calles llenas de luces que parpadeaban, empecé a ver grupos de niños que corrían tras los carros.
No alcancé a preguntar nada pues cuando el abuelo Víctor paró en un semáforo y de inmediato se nos abalanzaron miles de niños, golpeándonos con las manos las ventanillas, las puertas, el parabrisas y hasta el vidrio de atrás.
Mi abuelo, en lugar de ponerse furioso, sacó puñados de caramelos de una bolsa de plástico. Por un momento vi sus caras iluminadas por la emoción mientras recibían los caramelos. Ya había visto otras veces niños pidiendo caridad, pero esa era una verdadera invasión: estaban por todos lados, corriendo y gritando "deme la Navidad".

Cuando el abuelo Víctor movió el auto, yo no podía aguantarme las ganas de preguntar.
- Abuelo, ¿de dónde salen?.
- Del otro lado, me respondió con la voz ronca y los ojos húmedos.

Entonces supe por boca del abuelo Víctor que el "otro lado" estaba en la misma ciudad donde vivíamos, es decir aquí mismo, pero un poco más lejos de las calles luminosas, en los cerros, en las calles oscuras, en los barrancos, bajo los puentes, sobre los árboles, en los subsuelos… Y supe algo que nunca antes me había contado, que él mismo venía del "otro lado".
- , me dijo al verme la cara de sorpresa: cuando yo era niño, vivía en el "otro lado". A veces no teníamos qué comer, Pablito, éramos muy, muy pobres.

Entonces me explicó por qué ahora le gustaba disfrazarse de Abuelo Navidad:
- para dar, dijo, o más bien para seguir dando y dando, porque él creía que su vida no tenía sentido sino daba a manos llenas.

Cuando me revolvió los cabellos, yo lo alcé a ver y le miré los ojos brillantes, como canicas mojadas.
Todo eso me contó el abuelo como si fuera un secreto entre él y yo nada más, mientras íbamos y volvíamos regalando, en cada semáforo, caramelos a cuatro manos.
Después me di cuenta de que el regalo que fuimos a ver era ese largo y hermoso paseo con él, con el Abuelo Navidad, en plena Nochebuena.

Edgar Allan García
Quito - Ecuador









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