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El centro del problema del mundo


Etimológicamente, la palabra "persona" significa "máscara".

Sur de Irak, abril de 2003. Se llama John y es experto de la infantería de marina. Experto.en técnicas para matar. La arena del desierto le recuerda a su Oklahoma natal. Pero no hay tiempo para nostalgias. Las balas hacen arder el aire. A veces se siente cansado. "¿Qué hago aquí?", se pregunta. Está viviendo una vida de otros y lo sabe. Pero el condicionamiento es tan fuerte que no puede hacer nada. Vive en función de lo que le programaron desde niño, debido al "incidente" de haber nacido en tal o cual familia de tal o cual lugar de tal o cual país. En todos lados es lo mismo. ¿Actuamos a partir de propias convicciones o en función de aquello que nos han programado desde niños? En el estado actual de la humanidad, ¿existe realmente el "libre albedrío" o nos creemos libres cuando en realidad actuamos en "piloto automático", no sólo bajo el influjo de impulsos orgánicos sino también hechizados y dirigidos por las hipnóticas líneas del programa cultural que se nos dio desde la cuna? ¿Actuamos o tan sólo reaccionamos? ¿Nos queda algo realmente Propio y Esencial?

Hace tiempo escribí una historia sobre una madre que dio a luz a trillizos y los ofreció en adopción al nacer. Uno fue educado en una familia cristiana de Argentina, otro en Palestina y convertido al islam y el tercero fue criado por una familia judía en Jerusalén. Años después, siendo adultos, supieron el uno del otro, se encontraron y se dieron cuenta que para ellos era casi imposible entenderse, menos aún convivir. Nacieron de un mismo vientre, en un mismo momento, pero las contingencias de la vida los hicieron antagonistas (aunque igual de condicionables). La naturaleza los hizo diversos, el mundo los separó con sus artificios. La diversidad es riqueza, pero la separación es miseria, guerra, dolor. Para cada uno de ellos la realidad se filtraba a través de disímiles lentes de percepción. ¿Qué es entonces "la realidad"?

Cierta vez se lo preguntaron al escritor Philip Dick. "La realidad es aquello que no desaparece cuando dejas de creerlo", dijo. Revelador. Dick no se refería a verdades parciales, sino a la Realidad, la Verdad, Aquello esencial que no necesita ser concebido por mente humana alguna para existir, Aquello que no necesita ser creído o sostenido en dogmas. Observemos a un incondicionado bebé recién nacido y lo sabremos. Sabremos que la Verdad no es la máscara, ni el condicionamiento, ni el programa mental que nos han implantado y que -por ejemplo- nos hace paralizar de miedo o resignación ante ideas tales como "pecado" o "karma". La Verdad es el rostro desnudo anterior a toda máscara.
Tenemos que comenzar a taladrar en "nuestras" convicciones para ver qué hay de esencia y qué de cáscara. Por ejemplo, decimos "No a la guerra", ¿pero estamos dispuestos a pacificar nuestras pequeñas "guerras" cotidianas? ¿O es que queremos que cambie el mundo para después cambiar nosotros?

No se puede cambiar el mundo. Se intentaron revoluciones por aquí y por allá. Y siempre fueron lo mismo: el intento por imponer "mi verdad" por sobre "tu verdad". Un cambio de máscaras, más no la desnudez del Rostro Virgen. El trabajo de desocultar dicho Rostro Primordial lo tenemos que hacer en nosotros mismos. Si despertamos, si nos damos cuenta de que interpretamos hechos y circunstancias a través de nuestros coloreados filtros de percepción y que reaccionamos a partir de ellos, comenzaremos a Sentir las primeras caricias de la "Verdad Incondicionada" (o puedes colocar aquí la "etiqueta" que más te agrade: "Dios", "Amor", etc.).

Como dicen los sufíes: "se debe limpiar la casa para que more en ella lo Sagrado". Y desde esa Verdad, lo que antes era reacción pasiva y automática ahora se hace acción pura, espontánea, tolerante e infinitamente creativa y receptiva. La búsqueda de la Verdad no implica ir detrás de objetos o ideas externos.
Lamentablemente, la sociedad moderna (con sus escuelas y universidades) se ha vuelto experta en el conocimiento externo y acumulativo (de máscaras). Nadie nos ha enseñado a mirar en nuestro interior. Tenemos que Ver, con valentía, dentro de nosotros mismos. Si queremos que el mundo cambie, debemos comenzar por nosotros, por disolver en forma valiente aquellos artificios que nos separan de nuestra propia esencia y que nos ponen en conflicto con nuestros semejantes, aquellas ilusiones mentales que nos hacen ver la realidad deformada por nuestros lentes de percepción, adquiridos en forma inconsciente e irreflexiva a través de "lo que nos vino del otro". Y ese "otro" (sea padre, madre, maestro o "sistema" de tal o cual pelaje) está tan dormido como nosotros también lo estamos. Taladremos nuestra convicciones, nuestras creencias, nuestros miedos, para ver la verdad o la mentira en ellos. Fue muy lúcida la observación de Krishnamurti cuando decía que "las verdaderas revoluciones son internas".

Debemos recorrer en forma urgente nuestro propio Camino Interior. Si bien la humanidad ha estado durante milenios dormida sobre el colchón de sus condicionamientos, individuales y globales; nunca antes como en la actualidad ha tenido las armas y recursos para autodestruirse en nombre de "verdades parciales". Por eso, hoy más que nunca el cambio es urgente.
El otro día tuve cierta esperanza. Dos soldados británicos desertaron en Irak. Ante la pregunta de un periodista uno de ellos dijo: "de pronto, nos dimos cuenta de que estábamos asesinando seres humanos". Dejaron de lado la pesada carga de significados ficticios y Observaron cara a cara la pura verdad de aquel horror.
Se requiere valentía para taladrar las capas de nuestros espesos condicionamientos. Te aliento a que lo intentes. No escapes hacia el tibio refugio de ideales que nunca has explorado en su verdad. Limpia tu casa para que more lo Sagrado. Es urgente por ti y por el mundo. Nos queda poco tiempo.

Luis Alberto Vence
autor de "Los delfines plateados de la luna"









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