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Una estrella en Navidad


En la parte más alta del cielo había una vez un ángel, hermoso y generoso, su nombre era Azul, porque cuando echaba a volar dejaba una estela luminosa de color azul, como brillos saltarines alrededor de sus alas.
Cuando volaba su mayor sensación era la libertad y se dejaba llenar de cielo el corazón con tanto júbilo que su risa rezonaba por todo el espacio y su eco llegaba hasta los más lejanos astros. Su risa luego volvía a la tierra como precioso rocío para refrescar a los más delicados pimpollos.
Su misión era cuidar a los niños, especialmente a los que se caían de los cochecitos, él los levantaba suavemente sin que sus padres se dieran cuenta y les enseñaba a sostenerse, los bebés lo podían ver y les daban las gracias con un tierno balbuceo.
Azul era muy divertido y simpático, muchas veces les hacía cosquillas en las patitas o le pedía al viento que meciera despacito las cunas de sus niños.
Hubo días bastante agotadores para él, tenía que quitar cristales rotos cuando los pequeños pasaban corriendo jugando a las escondidas, guiar a sus casas a los que se iban muy lejos y no sabían regresar, detener a los desprevenidos cuando cruzaban las calles y venían autos a toda velocidad, moverles el cucurucho para que no se les caiga el helado y también cuidar que los más chiquitines no se tragaran los chicle porque luego tenían dolores de panza. Pero a Azul le encantaba ayudar y jamás se quejó de su tarea.
Un día un grupo de nubes con malas intenciones atrapó a la estrella fugaz que pasaría por la tierra en la noche de Navidad. Azul no podía permitir esto. Hizo muchas cosas para impedirlo pero nada resultaba, las nubes muy orgullosas no querían liberar a la estrella porque los niños cuando la vieran cruzar por el cielo pedirían todos deseos de felicidad y paz.

Azul no quería que sus niños se quedaran sin su estrella fugaz de Navidad porque en esos tiempos nadie debe estar triste, pero las nubes le arrojaban rayos eléctricos y lo corrían con truenos ensordecedores.
El ángel ya cansado de tanta desobediencia se colocó frente a ellas y mirándolas compasivamente solicitó a la naturaleza buenos regalos para las nubes rebeldes.
Al sol le pidió que le mandara sus mejores rayos, al viento su más suave brisa, al cielo su color más intenso, a las nubes blancas su más fina y fresca llovizna y a los pájaros sus trinos más encantadores.
Las nubes malvadas al ver tanta generosidad hacia ellas y sabiendo su mal accionar se arrepintieron de verdad convirtiéndose en las nubes más esponjosas y bellas.
Estas dando testimonio de su arrepentimieto soltaron a la estrella fugaz que en esta Navidad cruzará el cielo cumpliendo los deseos de los más pequeños y de todos aquellos que tengan un corazón sincero y lleno de amor.

Ahora la misión de Azul es cuidarme a mí y estoy orgullosa de tener conmigo al ángel más tierno, más divino y mejor amigo y . . .azul, azulado este cuento se ha acabado.

Elsa María del Huerto Sanchez
Argentina









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