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ábuelo

GHEPETTO


Apenas tenía oportunidad, Gabrielito corría a ver cómo el abuelo de su amigo Marquito trabajaba tallando madera en su taller de abuelo entretenido.
Se podía pasar una tarde entera viendo cómo esas manos que parecían de lustroso cuero grueso y estirado, mantenían tibios los pedazos de madera, mientras los convertía diestramente en un montón de cosas bellas.

Ni el mismo Gabrielito sabía con certeza qué era lo que más le gustaba del abuelo de Marquito: si la increíble habilidad que tenía para hacer cosas y juguetes o la simple cualidad de ser un abuelo; un abuelo como el que Gabrielito, por desgracia, no tenía.

Se imaginaba siempre que, si él fuera Marquito, se sentaría en las piernas de su abuelo y le preguntaría cómo aprendió a hacer lo que hace, o cómo era el mundo cuando había sido un niño, o cómo era su mamá cuando niña, o cómo se las arreglaban cuando no existía la televisión…

Mientras observaba cómo el abuelo torneaba y torneaba, intentaba encontrar rasgos que asemejaran a su amigo con el abuelo: esos ojos profundos, nariz aguileña, orejas con grandes lóbulos colgantes…

- ¡No se parecen en nada…! - pensaba, cansado de hacer comparaciones.

Si él hubiese tenido un abuelo, se habría sentido orgulloso de parecerse a él, de heredar los aires de familia, y que los tíos y toda la familia hubiera dicho:
- ¡Oh!, pero si este niñito es igual a su abuelo!

En eso estaba pensando cuando llegó Marquito, sin detenerse para saludar a su abuelo, y lo invitó a jugar a la pelota con los niños de la cuadra. El abuelo escuchó la invitación y mirando a Gabrielito le dijo con su voz cavernosa y reposada:

- Que te quedas haciendo aquí, hijo, te vas a aburrir de tanto estar sentado, anda a jugar que para eso son los chiquillos. Tomen, aquí tienen unas chauchas (monedas) para que se compren unos dulces, y cuidado con andarse dando de patadas.

Salieron corriendo a comprar chicles y papas fritas, de las que traen la inverosímil mezcla de mayonesa con ketchup, y se fueron caminando lento a la cancha de fútbol.

- Oye Marco - le dijo Gabrielito a su amigo, con una voz crujiente de papas fritas- ¿tu abuelito te enseña a hacer las cosas que él hace en su taller?

- Mmmm…. No. - respondió con una voz también crujiente- es que a mí me carga eso de estar sentado tanto rato …y además es un trabajo de grandes. Además mi abuelo empieza y no para de contar cosas de cuando él era chico, y de como era todo antes y que era mejor sin televisión y todas esas cosas que hablan los abuelos

Gabrielito se quedó mirando a su amigo y no lo entendió, no entendió aquel desprecio por aquellos cuentos inéditos y a la vez propios. Prefirió no hablar más del asunto y, molesto, se apuró por llegar a la cancha. Cuando eligieron los equipos, Gabrielito no quiso estar en el mismo bando de su amigo. Metió cinco goles furiosos y se fue a su casa sin comentarios. Comió y se fue a su pieza sin ver televisión, para sorpresa de sus papás que se miraron extrañados.

Al día siguiente, después del colegio, no tuvo ganas de ir con sus amigos. Desde hacía tiempo sentía el impulso irresistible de robarse al abuelo de su amigo, pensando que éste no lo merecía. Pasó por el taller del abuelo de Marquito siguiendo un impulso que lo provocaba hacía tiempo: se le acercó al viejo sin hacer ruido, con el corazón acelerado por la emoción y, sorpresivamente, le dio un abrazo y un beso.
Antes de que el abuelo entendiera de donde había venido aquel arrebato de amor, más rápido que un superhéroe de moda, salió corriendo nervioso y contento, sabiendo que pasaría algún tiempo antes de volver a visitar al abuelo, por lo menos hasta que se le pasara la vergüenza.

Esa noche soñó siendo un viejo con olor a ciprés y raulí y que tenía muchos nietos, y que todos le hacían preguntas y le pedían que les enseñara cosas que él sabía desde siempre.
Con sus grandes manos de cuero lustroso y estirado los abrazaba y acariciaba, y les regalaba miles de juguetes de madera suave y perfumada, mientras se reía con su risa honda y generosa, como la del abuelo que siempre vivía en su corazón.

Mariana E. Molina Arranz
desde Chile









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