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La Partida

azucena Cuando quiero hablar de la muerte, siento en mi corazón que el temor y la soledad es muy común en la mayoría de las personas, que la enfrentan.
La muerte es una experiencia cotidiana.
Nos acompaña desde el mismo momento en que nacemos. La vida se abre paso con el llanto de un niño, se manifiesta en la inocente mirada de sus ojos y nos olvidamos ante tanta alegría que la muerte nos persigue día a día como una guillotina imparable que en algún momento nos obliga a partir.
Pero, cuándo? cómo?.
Esa enorme incertidumbre nos ahueca el corazón y nos aferramos a las personas que nos rodean a través de los afectos, a las cosas materiales y por último a los restos.
En vez de sentir la libertad de elegir un lugar y un tiempo de aprendizaje en este plano terrenal, experimentamos a la muerte como un castigo Divino, permaneciendo esclavos del miedo, la soledad y la nada.
Observo como las personas aferradas a los ataúdes de sus seres queridos, buscan en el ritual del cementerio expresar el amor que han evitado mientras estaban vivos o sanear la culpa de no haber cumplido. ¿Realmente amamos a nuestros muertos? ¿Lo que está allí en el cementerio representa a una madre o un esposo devoto?. Nos preguntamos alguna vez ¿Qué es lo que queda importante de alguien que amamos, después de la muerte?.
Nuestro cuerpo físico no es más que la vestidura que nos materializa en este plano, el continente de nuestro espíritu, el que nos permite crear, amar, comunicarnos. Cuando nos morimos, ese cuerpo se descompone transformándose en otro tipo de materia y nuestro espíritu ya no lo contiene. Ese cuerpo ya no nos representa en este plano, pero sí hemos quedado plasmados en nuestras obras y en como hicimos de nuestras vidas un camino fecundo.
Entonces, los que no hemos partido aún debemos concentrarnos en las acciones realizadas en vida, al amor prodigado, a los diálogos, a las enseñanzas, a los recuerdos de nuestros seres amados. Construir un altar de estas pequeñas pero importantes cosas debería resultarnos muy fácil y gratificante.
Estaríamos llenando el vacío del dolor, la soledad y la pérdida con hechos o cosas positivas, estaríamos transformando al igual que la muerte, pero en un nivel espiritual elevado. Si esto además lo hiciéramos en grupo, unos días o meses después de la partida; rodeados de fotos, efectos personales, todos contenidos en medio de una emotiva evocación, entre risas, llantos y charlas se haría de la muerte un acto tolerable y no tan dramático.
Estoy segura que con el correr del tiempo esta conducta de superación espiritual conjunta nos ayudaría a valorar otros aspectos de la vida. Nos obligaría a evaluar el tiempo no en cantidad sino en calidad, y por lo tanto temas como la violencia, la marginalidad, la guerra o las diferencias raciales, trataríamos de resolverlos de otra manera.
Las personas se contagiarían unas a otras de un sentimiento de pertenencia real, libre de ataduras culturales funestas y básicamente se tendería a sincerar el alma humana.
Existe una estrófa en el DHAMMAPADA o Sendero de la Virtud que dice así:

" Ni en el espacio, ni en mitad del mar, ni en las hendiduras de las montañas se conoce en parte alguna del mundo un paraje donde el hombre pueda verse libre de una mala acción que haya cometido. Ni en el espacio, ni en mitad del mar, ni en las hendiduras de las montañas se conoce en parte alguna del mundo un paraje en que la muerte no se apodere del mortal."

De ella se desprende la omnipotencia de Dios, la libertad que nos otorga ante la vida y la bendición de su sabiduría al darle principio y fin a las cosas.
Es aquí donde debemos mostrarnos humildes, el tiempo que se ha pactado con El, es el justo y perfecto sería que de esta forma se respetara.
La muerte no tiene mayores misterios, jamás aparece en un mal momento y no es cierto que excluye a nuestros familiares de compartir con nosotros las cosas lindas de la vida, cada uno tiene un tiempo, una meta que cumplir, una sola forma de dar y recibir amor, cuando esto ha sucedido, inexorablemente llega el fin.

Laura Luna
desde Buenos Aires, Argentina









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