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EL AMANECER



Esta vez, algo ocurrió en el Río del Olvido como una satisfacción nebulosa, un sentir que algo se iba acomodando en su conciencia semidormida.
Cuando nació, fue como si amaneciese.
Todo parecía ir disponiéndose a su paso como para que llegara a su puesto de Guardián. (Su melena no mentía.) Estudiaba las materias de la Guardianía con alegría y esperanza, como un reencuentro con queridos amigos muy añorados. Se daba cuenta de que su función tenía algo de sagrado y de que debía poner un especial cuidado en su desempeño, como quien cuida un brote tierno y valioso, apuntalándolo para que la planta crezca bien, derecha y sana.
Sentía vibrar en su alma la vocación de Guardián, y en las ocultas cavernas de su corazón, unos repliegues doloridos por haber distorsionado esa función, que ahora le parecía una de las más honorables de entre las que encontrarse pudieran. No sabía cuándo ni cómo traicionó ese quehacer que era su misión y su alegría en la tierra. Pero sí que lo había hecho, con certera intuición, y sabía que no sólo no iba a suceder de nuevo, sino que usaría toda su vida para rehabilitarse, fuera cual fuese la distorsión que lo había alejado de lo que su corazón más quería.
Aprendió a ser un buen Guardián. Y no sólo seleccionaba escrupulosamente lo que era bueno para su pueblo, sino que le fue agregando virtudes inéditas a su función. Veía que la gente estaba enviciada e intoxicada por viejos males, extraviada en los desvíos por los que la habían llevado guardianes inescrupulosos y su propia tendencia masiva a dejarse caer por los lugares de menor esfuerzo y de mayor ilusión inconsistente. Y también sentía, como buen Guardián que era, la necesidad profunda y silenciosa que latía dentro de ellos. Aun cuando ellos mismos no se dieran claramente cuenta de su hondo deseo de vivir de una manera más limpia y más humana, levantándose de sus malos tropiezos y respondiendo a una parte interior que insistentemente los llamaba.
El Guardián se propuso tiernamente educarlos sin que pareciera educarlos, dejando fluir de él un buen sentido cordial y amistoso, desde una fuente que había estado dormida y que ahora se brindaba largamente a los sedientos.
Las gentes se le fueron acercando, en silencio lo escuchaban, cada uno se llevaba una pequeña luz para su rumbo incierto, sin haber sentido que alguien hubiera tratado de reprimirlos ni de adoctrinarlos, como si no se hubiera estado hablando de ellos, pero ellos hubieran estado escuchando algo que les era muy útil para su vida. Tampoco sabían por qué se iban tan contentos, con la sonrisa crecida.- Encontramos un buen Guardián - se decían -, qué bueno es tener un buen Guardián.- Qué alegría aprender a ser un buen Guardián, qué oportunidad única poder ganarse la vida haciendo aquello que a uno más le gusta, soy un privilegiado - se decía el Guardián, y sentía que en su vida amanecía.
La lealtad lo iba calentando hasta la raíz de sus largos pelos al viento. Era leal a la función que desempeñaba para el bien común, porque aquellos que eran puestos a su cuidado contaban cada vez más en su discernimiento; y él no los traicionaría por ninguna razón ni por ningún bien presente ni ausente ni supuesto ni prometido. Traicionarlos sería lo mismo que traicionar su olfato de Guardián, y ese era su don más preciado, su cualidad peculiar, su forma de estar en el mundo. Recuperado de no sabía qué desastre antiguo, el Guardián se sentía contable, y esa certeza le entibiaba el corazón.
El mundo, qué buena cosa, y la vida, ¡qué fruta jugosa para hincarle el diente hasta su miel más profunda! A cada paso que daba en lo suyo, las personas y las circunstancias más adecuadas - y muchas veces las más insólitas- se le acercaban y le abrían puertas desconocidas, oportunidades para brindarse cada vez más a gentes ávidas, que lo estaban esperando. Y el gozo y la plenitud venían de hacer lo que sabía, cada vez con mayor impecabilidad, con mayor alegría.
El Guardián se sentía bien en lo suyo, bello, digno, sabio y bien querido. La vida era una aventura inagotable, y él podía pedirle lo mejor para sí, que ella se lo daba a manos repletas de dones y sorpresas.
Vivió bien, largo y abundantemente, sirviendo en lo suyo y disfrutando de cuanto se ponía a su alcance. Cuando murió, gentes de todas las condiciones caminaron al lado de su cuerpo, acariciando esa gran melena, sonriéndole en silencio, conmovidos. Fue como si llevaran el corazón en la mano.
El Río del Olvido lo meció un trecho en un cauce calmo y luego abrió los ojos sin ojos del lado en el que no se lleva el cuerpo...
Continuará...


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