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De SRI AUROBINDO

EL MIEDO A LA MUERTE Y LOS CUATRO MÉTODOS PARA VENCERLO

De una forma general, quizás el mayor de los obstáculos que impide el progreso del hombre sea el miedo, un miedo que tiene múltiples aspectos, multiforme contradictorio, ilógico, irracional, y con frecuencia irrazonable. De todos los miedos, el más sutil y el más tenaz es el miedo a la muerte. Tiene sus raíces profundas en el subconsciente, y no es fácil desalojarlo.
Está constituido, obviamente, de varios elementos entretejidos: el espíritu de conservación y el que se refiere a la autopreservación con el fin de asegurar la continuidad de la consciencia, el repliegue ante lo desconocido, la inquietud causada por lo inesperado y lo imprevisible, y quizás, detrás de todo esto, oculto en las profundidades de las células, el instinto de que la muerte no es inevitable, y que, si se cumplen ciertas condiciones, puede ser vencida; aunque, de hecho, el miedo en sí mismo es uno de los mayores obstáculos que hay que superar. Porque uno no puede vender lo que teme, y quien teme a la muerte ya ha sido vencido por ella.

¿Cómo sobreponerse a este miedo? Pueden ser utilizados varios métodos para este propósito. Pero ante todo, son necesarias unas cuantas nociones fundamentales para ayudarnos en nuestra empresa. El punto primero y el más importante es saber que la vida es una e inmortal; sólo las formas son incontables, fugaces y frágiles. Este conocimiento debe ser establecido en la mente de una forma cierta y permanente, y, en la medida de lo posible, uno debe identificar su consciencia con la vida eterna, que es independiente de toda forma, pero que se manifiesta en todas ellas. Esto aporta las bases psicológicas indispensables para hacer frente al problema, porque el problema permanece. Incluso si el ser interior está suficientemente iluminado como para estar por encima de todo temor, el miedo todavía permanece oculto en las células del cuerpo, oscuro, espontáneo, más allá del alcance de la razón, normalmente casi inconsciente. Es en estas oscuras profundidades donde uno puede descubrirlo, sujetarlo y arrojar sobre él la luz del conocimiento y de la certeza.

Entonces la vida no muere, sino que la forma se disuelve, y es a esta disolución a la que la consciencia física tiene terror. Y sin embargo, la forma está cambiando constantemente, no hay nada, en esencia, que evite este cambio progresivo del ser. Solamente este cambio progresivo podría hacer que la muerte ya no fuera inevitable, pero es muy difícil de realizar y exige condiciones que muy pocos son capaces de cumplir. Así pues, el método a seguir para superar el miedo a la muerte diferirá según la naturaleza del caso y estados de consciencia. Estos métodos pueden ser clasificados en cuatro tipos principales, aunque cada uno incluya un amplio número de variantes; a decir verdad, cada individuo debe desarrollar su propio sistema.


El primer método apela a la razón. Puede decirse que en el estado actual del mundo, la muerte es inevitable; todo cuerpo que ha nacido perecerá necesariamente en un momento u otro; en casi todos los casos la muerte llega cuando debe llegar; uno no puede adelantar ni retrasar su hora. Algunos que suspiran por ella puede que tengan que esperar mucho tiempo para obtenerla, y otros, que le tienen pavor, pueden ser golpeados súbitamente a pesar de todas las precauciones tomadas. Por lo tanto, la hora de la muerte parece inexorablemente fijada, salvo para un pequeño número de individuos que poseen poderes que la raza humana, en general, no dispone. La razón nos enseña que es absurdo temer algo que uno no puede evitar. Lo único que hay que hacer es aceptar la idea de la muerte, y tranquilamente, hacer lo mejor que uno pueda, día a día, hora a hora, sin preocuparse de lo que vaya a ocurrir. Este procedimiento es muy efectivo cuando es utilizado por intelectuales que están acostumbrados a actuar según las leyes de la razón; pero tendría menos éxito entre la gente emotiva que vive de sus sentimientos y se deja gobernar por ellos. Sin duda, esta gente tendrá que recurrir al segundo método, el método de la búsqueda interior. Más allá de todas las emociones, en las profundidades silenciosas y tranquilas de nuestro ser, hay una luz que brilla constantemente, la luz de la consciencia psíquica. Ve a la búsqueda de esta luz, concéntrate en ella, pues está dentro de ti; con voluntad perseverante, ten la seguridad de que la encontrarás. Y tan pronto como entres en ella despertarás al sentimiento de inmortalidad. Has vivido siempre; vivirás siempre; llegas a ser completamente independiente de tu cuerpo; tu existencia consciente no depende de él; y este cuerpo es solo una de las formas transitorias, a través de la cual tú te has manifestado. La muerte no es ya una extinción, es sólo una transición. Todo temor se desvanece instantáneamente, y uno camina a través de la vida con la certeza tranquila del hombre libre.

El tercer método es para aquellos que tienen fe en un Dios, su Dios, y que se han entregado a El. Ellos le pertenecen íntegramente; todos los acontecimientos de sus vidas son una expresión de la voluntad divina, y ellos los aceptan, no simplemente con una sumisión paciente sino con gratitud, porque están convencidos de que cualquier cosa que les ocurra es siempre por su propio bien. Tienen una confianza mística en su Dios y en sus relaciones personales con El. Han hecho una ofrenda absoluta de su voluntad a la Suya y sienten su invariable amor y protección, completamente independiente de los accidentes de la vida y de la muerte Tienen la experiencia constante de yacer a los pies de su Amado en un abandono absoluto, o de estar mecidos en sus brazos y gozando de un perfecta seguridad. No queda ya ningún espacio en su consciencia para el temor, la ansiedad o el tormento; todo eso ha sido reemplazado por una felicidad deliciosa y tranquila. Pero no todo el mundo tiene la buena fortuna de ser un místico. Finalmente están aquellos que han nacido guerreros. Estos no pueden aceptar la vida tal como es, y sienten vibrar dentro de ellos su derecho a la inmortalidad, una inmortalidad total y terrena. Poseen una especie de conocimiento intuitivo de que la muerte no es nada sino un hábito perverso; parece que han nacido con la resolución de vencerla. Pero esta conquista acarrea un combate encarnizado contra un ejército de fieros y sutiles asaltantes, un combate que debe ser librado constantemente, casi a cada momento. Solamente quien tenga un espíritu indomable debe intentarlo. La batalla tiene muchos frentes; es librado en varios planos que se entremezclan y complementan entre sí.

La primera batalla a librar es ya formidable: es la batalla mental contra una sugestión colectiva, que es masiva, abrumadora, apremiante; una sugestión basada en milenios de experiencia, en una ley de la naturaleza que no parece que todavía haya encontrado alguna excepción. Se traduce en esta aserción obstinada: "Ha sido siempre así, y no puede ser en modo alguno diferente; la muerte es inevitable, y es una locura esperar que no sea." El concierto es unánime, y por ahora, incluso los científicos más avanzados apenas han osado hacer oír una nota discordante, una esperanza para el futuro. En cuanto a las religiones, la mayoría de ellas ha basado su poder de acción en el hecho de la muerte y afirman que Dios desea que el hombre muera, ya que lo creó mortal. Muchas de ellas hacen de la muerte una concesión, una liberación; algunas veces incluso una recompensa. Su orden es: sométete a la voluntad del Supremo, acepta sin rebeldía la idea de la muerte y tendrás paz y alegría". A pesar de todo esto, es preciso que la mente permanezca inquebrantable en su convicción para conservar una voluntad inflexible. Pero para quien ha resuelto vencer a la muerte, todas estas sugestiones quedan sin efecto y no pueden afectar a su certeza de que está basada en una revelación profunda.

La segunda batalla es la batalla de los sentimientos, la lucha contra el apego a todo lo que uno ha creado, a todo lo que uno ha amado. Mediante una labor asidua, algunas veces a costa de grandes esfuerzos, has levantado tu hogar, una carrera, un trabajo social, literario, artístico, científico o político; has formado un ambiente del que tú eres el centro y del que dependes al menos tanto como él depende de ti. Estás rodeado de un grupo de gente, familiares, amigos, colaboradores, y cuando piensas en tu vida, ellos ocupan en tu pensamiento un espacio casi tan grande como tú mismo, hasta el punto de que si ellos fueran arrancados bruscamente de ti, te sentirías perdido, como si una parte importante de tu ser hubiera desaparecido.

No es cuestión de desdeñar todas estas cosas ya que han constituido, al menos en gran parte, la razón de ser el fin de nuestra existencia. Pero hay que renunciar a todo apego a ellas, para que te sientas capaz de vivir sin ellas, o, más bien, con el fin de que puedas estar preparado en todo momento, si te abandonan, a reconstruir por ti mismo una nueva vida, en circunstancias nuevas; y esto indefinidamente, porque tal es la consecuencia de la inmortalidad. Este estado puede definirse de este modo: ser capaz de organizar y de llevar a cabo todo con el máximo cuidado y atención, pero permaneciendo libre de todo deseo y de todo apego, porque si uno desea escapar de la muerte es necesario que no esté atado a nada perecedero.

Después de los sentimientos llegan las sensaciones. Aquí la lucha es sin piedad, y los adversarios temibles. Saben percibir la más insignificante debilidad y golpearte allí donde está indefenso. Las victorias obtenidas no son más que pasajeras, y las mismas batallas se repiten indefinidamente. El enemigo que tú pensabas que habías derrotado vuelve una y otra vez para atacarte. Es preciso que tengan un carácter fuertemente templado, una resistencia incansable para ser capaz de resistir toda derrota, todo desaire, todo repudio, todo desánimo y la inmensa fatiga de encontrarte siempre en contradicción con la fatiga de encontrarte siempre en contradicción con la experiencia de cada día y los acontecimientos terrestres.

Ahora llegamos a la batalla más terrible de todas: la batalla física, la que se libra en el cuerpo; porque no hay ni respiro ni tregua. Comienza al nacer y no puede finalizar más que con la derrota de uno de los dos contendientes: la fuerza de la transformación y la fuerza de la desintegración. Y digo desde el nacimiento porque, de hecho, los dos movimientos están en conflicto desde el mismo momento que uno llega a este mundo, si bien el conflicto sólo se hace consciente y deliberado mucho más tarde. Porque toda indisposición, toda enfermedad, toa malformación, incluso todo accidente, son el resultado de la acción de la fuerza desintegradora, del mismo modo que el crecimiento, el desarrollo armonioso, la resistencia a los ataques, la recuperación en la enfermedad, toda vuelta al funcionamiento normal, toda mejora progresiva, son debidos a la acción de la fuerza transformadora. Después, con el desarrollo de la consciencia, cuando comienza a intervenir la voluntad en la batalla, se transforma en una competición desesperada entre las dos tendencias opuestas y rivales, una competición para ver cual de ellas alcanzará su meta en primer lugar: la transformación o la muerte. Esto significa un esfuerzo incesante, una constante concentración para hacer descender la fuerza regeneradora y aumentar la receptividad de las células a esta fuerza, para combatir paso a paso, de punto a punto, contra la acción devastadora de las fuerzas de destrucción y degradación, para arrancar de su influencia todo lo que sea capaz de responder al impulso ascendente, para iluminar, purificar y estabilizar.

Es una lucha obstinada y oscura, la mayor parte de las veces sin aparentes resultados o señales externas de las victorias parciales ganadas y de las que nunca se puede tener certeza, porque el trabajo que se ha hecho parece siempre que necesita ser rehecho; cada paso hacia adelante es pagado con mucha frecuencia, con un retroceso en otra parte, y lo que se ha realizado un día, puede ser segura y duradera sólo cuando es absoluta. Y todo esto lleva tiempo, mucho tiempo, y los años pasan inexorables, creciendo el poder de las fuerzas adversas.

Durante todo este tiempo, la consciencia permanece como un centinela en la trinchera; hay que conservarla, conservarla a toda costa, sin un sobresalto de temor, sin bajar la guardia, manteniendo una inquebrantable fe en la misión a realizar y en la ayuda de lo alto que te inspira y te sostiene. Porque la victoria será para el más paciente.

Existe todavía otro medio de vencer el miedo a la muerte, pero está al alcance de tan pocos, que no se menciona aquí más que como materia de información. Se trata de entrar en el dominio de la muerte de forma deliberada y consciente, mientras uno está todavía en vida, y después retornar de esta región y volver a entrar en el cuerpo físico y reasumir el curso de la existencia material con pleno conocimiento. Pero para esto es preciso ser un iniciado.

Bulletin, Febrero 1954


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